Hace poquito, más precisamente el 31 de agosto de éste año, pasé por la vidriera (“el escaparate”, como dicen en España) de un negocio y un libro capturó mi atención.
Me había jurado no comprarme ninguno más hasta no terminar de leer absolutamente todos los de mi biblioteca aquí (aclaro “aquí” porque en Argentina tengo muchos otros libros esperándome a ser terminados de leer, guardados en unas cajas).
Entonces… seguí a mi corazón e hice oídos sordos a mi mente que me decía que no me comprara ninguno más. Entré al negocio y pedí el libro: “Cuando nada es suficiente”.
Hacía 6 días que había pasado por mi primera intervención quirúrgica, el post operatorio no estaba siendo nada fácil, caminaba como una abuela de 97 años, y no tuve mejor idea que comprarme un libro sobre la exigencia.
Sin embargo, siempre que escucho mis corazonadas me va bien, muy bien o me trae un gran aprendizaje, aunque las cosas se pongan turbulentas.
Página tras página, pequeña cachetada tras pequeña cachetada. Me compré un resaltador especial para ese libro, me lo compré del mismo color de la tapa. Celeste. Sí, del mismo color. La exigencia o el detalle puede vestir de muchas formas.
Página a página, renglones imaginarios iban quedando pintados con celeste. Mucho color cielo apareciendo sobre esas páginas bien blancas. Un celeste que marcaba cuánto me sentía identificada, espejada e interpelada.
De repente, apareció en mi el pensamiento: ¿A quién se le ocurrió medirnos con notas? ¿A quién se le ocurrió ponernos a examen continuamente con valores o puntajes? ¿A quién se le ocurrió premiar a “los mejores promedios”, “los mejores alumnos”, “el mejor compañero”?
¿No sería mejor un mundo con un simple “Aprobado”, “Desaprobado”?; aunque sintiéndolo… tampoco me termina de convencer.
Mmmm… ¿Sería mejor un mundo con un “¡Lista para lo siguiente!” o un “Tienes otra oportunidad para seguir aprendiendo un poquito más”?
Yo era la niña SOBRESALIENTE.
Luego pasé a ser la chica 10.
La abanderada.
El promedio destacado de la UBA.
Luego, me recibí con “Méritos”.
Pfffff, todo eso… ¿para qué?
Sobresalir me llevó a exigirme de sobremanera.
Llegar a sobresalir me llevó a desconectarme de mi misma.
Querer sobresalir me llevó a competir.
Sobresalir me llevó a sentirme frustrada y fracasada cuando no alcanzaba los sobresalientes y no me conformaba con un Muy Bien, o con un 9,50.
Sobresalir me llevó a dejar de disfrutar y a encerrarme a estudiar en soledad.
Sobresalir me llevó a salirme de mi.
Te juro que hoy miro a esa Romi pequeña, y le diría: vamos a bailar, vamos a divertirnos, vamos a mancharnos las manos en la tierra, vamos a jugar.
(Y… sin tapujos, te confieso que empiezo a decírselo a la Romina de ahora, a la de 35 años también).
Le diría “No importa la nota que saques, hacé el menor esfuerzo posible, estudiá lo que realmente te guste y lo demás, a lo que no te guste, ponele un poquito de ganas, que con un “Bien” es más que suficiente.”
Creo que ella me abriría los ojos bien grandes y su mirada me diría: “¿Eh? ¿Qué me estás diciendo?”
Y le respondería: Sí, lo que oíste.
Sus ojos se abrirían aún más.
Sí, ahora veo que de nada sirve sobresalir si luego te sentís sola, vacía y aislada.
Creo que decirle ésto a una niña sería mucho, demasiado.
Gracias a ésta lectura, veo que verdaderamente así es como me sentí de pequeña, y comprendiendo desde dónde también se estructuró mi super-exigencia. Queriendo ser la mejor compañera, la mejor amiga, la mejor anfitriona, la mejor vecina, la mejor terapeuta, la mejor versión de mi misma. En todo, queriendo ser: sobresaliente.
De niña me la pasaba preguntándome por qué un grupo de niñas me rechazaban, cuando yo quería ser amiga de ellas. Preguntándome si me querían de verdad mis amiguitos o sólo querían que les pase las tareas que ellos no habían hecho. “Si les digo que no, soy egoísta. Si les digo que sí, no es justo.”
“¿Se acercan porque me quieren de verdad o me quieren por esto?” “¿Me quieren por lo que soy, o por lo que tengo?”
¡Excelente!
¡Sobresaliente!
¿Para quién? ¿Bajo qué mirada? ¿Con qué métricas? ¿Con qué valores?

Encontrando mi valor en las notas del exterior, porque no nos enseñaron que el valor está en la conexión del corazón.
¿Lista para seguir? o ¿Un poco más para aprender?
Romina.
